domingo, enero 16, 2022
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El pez que muerde su cola

La Venezuela de los sesenta se personifica en el modélico “Show de Renny”, aguijón de una lógica comunicacional que se inyecta en la idiosincrasia del momento. Cualquiera se acostumbró al periodismo alineado a la permanencia del status quo; aún cuando el maravilloso Renny apostaba a la autonomía periodística, no había lugar para la crítica.

Algo curioso sucede en la cronología del periodismo. Los medios envueltos en una contradicción entre hacer lo políticamente “correcto” según sus intereses o ejercer el rol que les concede el oficio, no logran dar con el equilibrio. Esto se traduce en la manera en que los comunicadores han sojuzgado la práctica del periodismo en un arte que es o no es radical. A mi parecer, esto compromete la función a su más vil panorama, mutilando lo genuino de la praxis del periodista.

Otero Silva, en su escrito El periodista José Moradell, señala que “todas las ventajas y privilegios quedan reducidos a ceniza si no está presente un puñado de periodistas con capacidad profesional, calidad humana y amor a su oficio, que sepan interpretar los sentimientos populares, que se lancen con audacia a la búsqueda de la noticia”.

Sin duda, la crisis de los medios de comunicación deriva de esta incapacidad de clarificar la visión sesgada, el egoísmo de las ideas: todos quieren opinar sin ver más allá de lo evidente, conformándose con el pensamiento único. Esta recesión caracteriza a los medios de un país cuyo contexto histórico también ha marcado el recelo al ejercicio de la libertad de prensa. ¿Justificable? No lo creo. Si es así, nos convertimos en los nazis del periodismo.

El hecho noticioso en Venezuela se ha transformado en una liana de la cual trepan dos tipos de opinión, una lucha de quién tiene la razón. La intolerancia y el extremismo se superponen a la relevancia de la información. Pronto queda sepultada entre los juicios.

La editora del Centro Editor C.A Mónica Álvarez al planteársele la interrogante sobre el centro de la crisis de los medios de comunicación, expuso que “El periodista pasó a ser protagonista de la noticia, antes que difusor de la misma. Los llamados periodistas “ancla” no son tomados en cuenta por su profesionalismo, sino por su carisma con el público. Han pasado a ser las vedettes de los noticieros, con la consecuencia que esto puede acarrear: todo lo que diga el “ancla” es dado por cierto por la audiencia, algo que es sumamente peligroso si tomamos en cuenta que detrás de algunos de estos personajes se esconde una intención non santa

No es la visión romántica que aluden las aulas, tan solo una realidad selvática que se vive en la calle, acto dadaísta a la ética que propone el título. El arte de informar queda reducido al conformismo de la comunicación-mejor dicho a los intereses-. He entendido entonces que el compromiso va de la mano del enamoramiento, del frenesí periodístico, de la predilección de la labor. La virtud y la ética son atributos que solo pueden pertenecer a un comunicador que ame su profesión, dispuesto a conformar una generación a la altura de Ottolina.

¿Cuántos quedan?

Sin embargo, abogo por la debilidad-“el espíritu está dispuesto, más la carne es débil”- no justificándola más sí comprendiéndola. Qué difícil es ser la diferencia en un río que va hacia una misma dirección. Sobre todo ante la existencia de una línea editorial marcada por intereses que de una u otra forma moldean el talante del periodista, guiándolo o a la censura o la antítesis del informador responsable.

Un simple dialelo. Causa y efecto. Porque no hemos apostado a la sustentabilidad apolítica de los medios. La hegemonía de ciertos “entes” sobre la comunicación es el pan nuestro de la historia venezolana desde que los medios son y están. Suena heroico y a la vez utópico patrocinar la auto sustentabilidad de los medios de comunicación a través de planes ciudadanos porque padecemos del síndrome de Estocolmo y nos sometemos a eso.

Mcluhan plantea en su obra El medio es el mensaje respuestas a lo acontecido hoy como la anunciada crisis de los medios de comunicación. La configuración del medio se enquista en el mensaje, e interviene en cómo este es percibido por la audiencia.

Un planteamiento que no es nuevo, pero cuyos efectos se han agudizado con la involución ética que ha sufrido el comunicador.

No quiero ser marioneta

Cabe ahora la interrogante acerca de cómo darle un giro eficaz y alterno a este impasse que constriñe al comunicador. De qué forma se libera al gremio de la sumisión. Ese yugo que además seduce, y coacciona para que actúes de manera opuesta a los atributos que caracterizan la labor periodística.

Todo es cuestión de instrucción. Veo aún muy lejos la soberanía económica de los medios. Seguirán acordonados a un músculo financiero que dictamine el sistema y su actuación. Pero mientras eso sucede no queda otra que enseñar al ciudadano a invertir en la prensa, radio y televisión. Y es invertir en el desarrollo de un comunicador responsable.

Quizás sea el incentivo entusiasta que necesitan los comunicadores para enamorarse de su profesión, buscar intensamente el beneficio social, difusores de noticias de calidad. Un aporte sustancial que al largo plazo pueda gestar una estructura viable para el ejercicio genuino del periodismo.

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