miércoles, enero 19, 2022
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Indignación y cambio. La victoria de Macri a nivel nacional

El stress colectivo de los argentinos durante las últimas semanas, propiciado por las elecciones para nuevo presidente de la Nación, condicionó fuertemente los análisis políticos. El debate se tornó poco analítico y fue fuertemente condimentado por un alto grado de violencia mediática, además el nuevo canal de la militancia 2.0, las redes sociales, significó una puesta a prueba de las pasiones de los ciudadanos.

La oposición, insuflada con el aire de ganador que inundó al país por completo, se presentó insurrecta a los modos de apreciación política más serios, y -desplazando al sujeto apolíneo que lo precede- dejó escapar su inconsciente dando rienda suelta al dionisios dentro suyo, estampando a lo largo de la semana electoral toda clase de improperios al oficialismo, justificando su violencia en nombre de la verdad, única e irrevocable que les afirmaba como justos ganadores de la contienda.

Miles de usuarios de las redes de comunicación solventaron sus miedos a una posible renovación del kirchnerismo lanzando campañas que fueron desde la demitificación del «relato» oficialista, hasta la cruda y triste confirmación de la intencionalidad del votante por regresar a los noventa. En nombre de un menemato que suponíamos ya superado por una amplia mayoría, los ciudadanos se mostraron necesitados por llamar a una realidad no tan lejana, que sumió al país en una sombría oscuridad que ocultó a la política, destruyó la economía y hundió a la sociedad. Develado el manto, algunos de quienes postulaban un cambio en la dirigencia del ejecutivo nacional, empezaron a llamar las cosas por su nombre: «queremos volver a los noventas».

Por el lado de los que querían mantener el proyecto tampoco hubo una concientización fuerte desde el aparato oficial. Sí hubo, en algunos círculos, algunos análisis que buscaron recordar las diferencias entre la política menemista y la que inició Kirchner en el 2003. Aunque no siempre el discurso fue claro, también hubo campaña del miedo, también hubo violencia y también se vinculó, a partir de la idea de insensato, la tremenda posibilidad de volver a la década nefasta.

Neo-liberalismo vs liberalismo moderado, podría decirse. La clave estaba en el modelo. Aquellos que pretendían defender los doce años de gobierno como la década ganada, recordaron el conflicto con el campo, las políticas socio-culturales progresistas, los convenios laterales al eje europeo-occidental y el fuerte desarrollo del empleo tras el cataclismo 2001. Por el otro lado, si bien no fue común escuchar propuestas o argumentos, la cosa iba más dirigida a la deshonestidad de la presidenta, al botox y las carteras, al impresentable Boudou y, sobre todo, a la falta de libertades: para expresarse, puede ser, pero sobre todo para comprar dólares.

El crecimiento del frente Cambiemos, fue de la mano de una puesta en escena de cierta austeridad. Austeridad que se veía reflejada, primero, en el discurso, pero también en las ropas, en las formas, en las caras sonrientes y poco preocupadas, siempre construyendo una imagen que contrasta con la potencia del kirchenrismo cuando declara, con la presencia de la presidenta que como grita es autoritaria. Además, llama constantemente al diálogo, algo con lo que el oficialismo-autoritario no comulga. Por eso, los defensores de Macri dijeron que en el debate lo dio vuelta como una media a Scioli. El ex-gobernador de la provincia de Buenos Aires se exaltaba y transpiraba cuando le recordaba a su colega en la Ciudad sobre sus vetos o sus abstenciones, pero el ingeniero, tranquilo, sonreía y le pedía que lo llame por su nombre. Ahí está la victoria, en la campaña del diálogo.

Porque, resulta, que el diálogo se volvió otro de esos nuevos elementos que confluyen en el concepto polisémico de «democracia»: no hay democracia si no hay diálogo. Porque ahora la democracia que antes curaba, educaba y alimentaba ahora no hace más nada de eso, ahora pregunta y espera al diálogo para decidir si alimentará, educará o sanará. Eso es parte del proyecto de cambio, las cosas se dialogan, después veremos. Porque la democracia es de todos los argentinos, y por eso hay que escucharnos y comprometernos. Votar, que es lo que nos compete.

Y es que con la victoria del PRO a nivel nacional, terminó un año verdaderamente democrático en Argentina. Para muchas provincias, incluyendo la Ciudad Autónoma de Buenos Aires, fueron seis las veces que se convocó a la población para emitir su voto. Esto es seis veces más democrático que cualquier año que pueda pasar inadvertido por la falta de compromiso cívico. Porque aunque el voto sea obligatorio, presentarse a sufragar sigue siendo el ápice del sistema para la ciudadanía entera: lo que hace -hoy en día- democrática a la democracia es el sufragio universal.

Más del 80% del padrón se presentó a emitir su voto y así lograr el cambio que la mayoría quería: unas cuatroscientas mil personas fueron las que inclinaron la balanza para que el próximo presidente sea Macri, para que sea él quien instaure el verdadero cambio que pedía la población. Los que participaron en el búnker coreaban, vitoreando a los ganadores de la contienda electoral, un pegadizo «Sí se puede». Hacían alusión al cambio y, a su vez, copiaban una consigna de otro movimiento político, uno que no hace mucho pedía la cabeza de José Luis Rodríguez Zapatero.

En 2014, tras sucederse varias marchas en España bajo la consigna de los «indignados», se nuclearon algunas organizaciones políticas de la cual salió como abanderado Pablo Iglesias, quien se volvería el candidato del nuevo partido político «Podemos». El nombre del partido surgió de la consigna emanada de las propias asambleas: «sí se puede», decían los indignados que habían perdido sus hogares, sus empleos, que veían un futuro muy oscuro para España dentro de la Unión Europea.

Por eso suena tan raro escuchar la misma consigna de la mano de los votantes de Macri. Esos votantes que eligieron a un presidente a la vez que pedían volver a los noventa. En algo están de acuerdo con sus iguales de la madre patria, los que votaron por el cambio se sienten indignados. Distintas son las razones, distintos los propósitos. Indignados sí, y esperanzados por el cambio, un poquito más del 50% de los votantes decidieron darle un nuevo marco al modelo de país después de doce años. Si se echa por la borda lo que se hizo, entonces serán años perdidos en programas dedicados a la ciencia y la educación, a la renovación tecnológica y a la organización de un pequeño mercado interno. Si vuelven los noventa vuelve la importación desmedida y la constante acatación del orden dominante occidental. Triste sería que el sueño se haga realidad y que, en serio, volvamos a los noventa.

 

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